Y volver a caminar, aunque sea yo sola, por las calles de la ciudad donde nunca deja de llover. Y dejar que las gotas me resbalen por el rostro, y que el viento intente enfriar los surcos que dejan sobre mi piel. Pero el frío viene de dentro, y es más rápido que el propio viento.

Así las lágrimas de lluvia se congelan, y se escarchan los surcos.

Ahora mi ciudad particular ya tiene murallas.

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