Testigo de una pérdida de inocencia

Desde mi puesto de observador de honor sobre la cómoda de la habitación de la tía abuela, os relato esta historia de crecimiento personal de tres mujeres de edades muy distintas, una en la cincuentena, y las otras en su primera infancia. Mujeres las tres, al fin y al cabo.



Conocí a las niñas la primera vez que durmieron con su tía para que sus padres pudieran salir una noche de verano. La más pequeña de las dos descubrió el armario con todos los vestidos de su tía, y contempló extasiada las elegantes prendas de colorida seda, con sus correspondientes zapatos y chales. Acto seguido descubrió las joyas guardadas en uno de los cajones: collares de perlas, pendientes, anillos... La niña no entendía mucho de esas cosas, pero le bastaba con observar boquiabierta el brillo de aquellos objetos que tantas veces había visto llevar a su tía los sábados por la tarde, cuando ella y su hermana entraban en el salón del casino, donde sabían que la encontrarían parlamentando con sus amigas, expresamente para saludarla y dejar que exclamara con orgullo sábado tras sábado: "¿habéis visto qué sobrinitas tengo?", a lo que el resto de amigas respondían con entusiastas y elogiosas afirmaciones. Acto seguido, la tía les regalaba la mejor de sus sonrisas mientras abría la cartera y les daba para caramelos. Después, la hermana más mayor se dedicaba a entretenerlas con su encanto, mientras la pequeña estudiaba los abanicos de las mujeres, que siempre llevaban encima tanto en invierno como en verano. No había duda, aquellas mujeres eran verdaderas damas.
Aun así, no era lo mismo ver aquellas cosas puestas, luciéndose bajo la luz dorada de un salón dorado, que verlas allí guardadas, todas juntas, como si fueran un tesoro en una cueva oscura.
El gran descubrimiento, sin embargo, lo hizo la niña cuando se acercó a la cómoda y me vio: un joyero pequeño, lo suficientemente pequeño como para atraer a un persona igual. Sin duda, fue el dibujo de la tapa lo que la dejó completamente anonadada. Pude ver en sus ojos cómo aquellas damas del renacimiento, con sus amplios vestidos, sus moños repletos de rizos y las máscaras sobre los ojos, conseguían transportarla a otro lugar donde las princesas bailaban con los príncipes y tenían habitaciones repletas de objetos tan bonitos como aquel. Desde entonces, siempre que tenía la oportunidad, la niña subía los tres pisos de la casa para entrar en la habitación de su tía y contemplarme con la mirada perdida en historias de castillos y damas y caballeros que se inclinaban ante ellas.
Finalmente, el día que la pequeña cumplió seis años, la tía me regaló a la niña, para que, ella que tan loca estaba por mí, me tuviera. Aún recuerdo los saltos que daba la hermana mayor, pues ella ya sabía que envuelto en aquel pañuelo me encontraba yo.
Con el paso de los años, me convertí en el recipiente de las pulseras, cadenitas, pendientes y anillos que ambas niñas habían tenido y ya no se podían poner. No puedo negar que muchas veces me preguntaba cómo estaría mi antigua ama; sin embargo, la vida como testigo de las locuras de dos niñas pequeñas no daba lugar al aburrimiento, y así pasé unos ocho años, hasta que la fatalidad visitó su hogar. Las niñas tenían ahora catorce años una y quince la otra, cuando esta última murió en un accidente de carretera. Cómo cambió desde entonces el ambiente de la casa. Y yo no hacía más que preguntarme cómo se encontraría mi antigua dueña, pues ya estaría mayor y esos disgustos no eran los adecuados para los más mayores.
Dos años después, supe que la vieja dama pasó el decimosexto cumpleaños de la sobrina que le quedaba, en el hospital, víctima de una ambolia cerebral, como le estaba sucediendo últimamente a toda la gente de su edad.
Diez años después, ya no me tengo que preguntar cómo se encuentra. Vuelvo a compartir habitación con ella pues, qué cosas tiene la vida, ahora es ella la que duerme en la habitación de la sobrina cuando a la familia le toca cuidarla, dos semanas de cada seis. La sombra encorvada de la dama distinguida que fue.
Tiempos aciagos les ha tocado vivir a los supervivientes de estas historias: los jóvenes mueren de repente, y a los que no lo hacen, les tocan las tareas de aprender a vivir sin ellos, y de cuidar a los que, a pesar de que sus cuerpos no puedan más, no se terminan de ir, recordándoles a todos lo que hicieron por ellos cuando eran demasiado pequeños para valerse solos y lo mucho que han sufrido durante su larga vida por verles a todos bien.

Comentarios

  1. vaya. aunque la historia es contada por un testigo inanimado traslucen sentimientos rotundos, implicaturas. a veces la vida se empeña en dar bofetadas a quien menos se lo merece. un relato precioso.

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  2. Yo recuerdo perfectamente cuando mi abuela le cambiaba los pañales a mi prima Guadalupe. En marzo, Guadalupe empieza la facultad.
    Te juro que me da vértigo.

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  3. Es curioso como el tiempo va cambiando los papeles, parece que nos dieran la oportunidad de dar lo que un día recibimos.

    Un saludo!

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  4. Me has removido entero...

    Un beso.

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  5. Querida Altan:
    Descubriendo tu diario de buenas y malas ideas, veo que ésta última es muy buena. Me encanta.Has conseguido que sienta que formaba parte de la historia que contabas.
    Sigue experimentando, sigue escribiendo; los colores que vas descubriendo, cada vez me gustan más.
    Tu Leti te manda un besazo

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  6. guau!
    me dejas atrapado por el micromundo que acabas de crear... que intenso, que bonito, que triste, que bien contado.....
    los besos que quieras, yo te los regalo.... y un abrazo
    porque de verdad que me ha encantado encontrarte....
    dale las gracias a nuestro arcangel peferido por mostrarme el camino

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  7. cómo olvidar una mujer tan hermosa?
    le mando un beso, mary.
    espero saber pronto de usted :)

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  8. Anónimo20/2/08 0:56

    Me has dejado de piedra con esta historia, la verdad es que tienes una manera de contar las cosas impresionante. Has conseguido arrancarme alguna que otra lágrima. Sinceramente enhorabuena, vales mucho más de lo que te crees.
    Bessets wapa!!!

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