Friday, 25 July 2008

Algo para el dolor

He decidido dejar de hablar en tercera persona, como si yo no fuese la protagonista de las historias que cuento, como si las historias que cuento le sucedieran a otra persona, como si esa otra persona, A, no fuese yo misma. Una vez se dispone una a derribar el muro, ¿por qué no derribarlos todos?
Ya sabía que echar abajo la muralla me dejaría demasiado sensible ante todo lo que se me pusiera por delante, después de tantos meses sin sentir ni padecer. A esto se suman la distancia física que me separa ahora de cualquier amiga que me pueda brindar su apoyo moral, y el haber pasado un mes entero en un lugar desconocido prácticamente sola, con tan solo una persona como referente y ayuda.
El caso es que ayer creí encontrar una razón para volver a plantificar una pared de piedra alrededor de mi corazón, o al menos para dejar caer una nevada que me dejara lo suficientemente helada como para poder soportarlo, pero después me dije a mí misma que me había prometido no volver a hacerme eso, que volvería a ser una persona a la que le pasan cosas y le afectan, y después las supera, como ha sucedido siempre. En mi vida han ocurrido cosas muy duras, y algunas situaciones han durado años y años y años, pero ha sido cosa reciente esto de no saber en quién confiar (que es exactamente el motivo de mi paranoia ahora mismo), y no sé por qué esto me duele más que una historia familiar conflictiva, o la muerte prematura de seres muy queridos. Tal vez sea porque cuando me han ocurrido estas cosas siempre he tenido a alguien que me ha escuchado con atención, ha sido mi paño de lágrimas, y me ha demostrado que no me va a fallar jamás. Me encuentro un poco dando palos de ciego, creo.

Saturday, 19 July 2008

Llévame a la luna y déjame jugar entre las estrellas

Mil músicas y estribillos diferentes llevaban varias semanas sonando en la cabeza de A sin parar. Sus acordes y letras iban acompasando al suyo el ritmo de la caída de las piedras que formaban el muro que rodeaba su corazón.
El sol lucía más brillante que nunca, y el reflejo que A veía de sí misma en las paredes de su palacio de cristal, ya no era diferente al de la imagen real.

Friday, 4 July 2008

Mi ciudad de cristal amurallado

A está preocupada. El presente se le echa encima aburrido y alarmantemente largo. Atrás han quedado los días en que soñar era una ilusión, más que una preocupación por cómo realizar el sueño. De repente A ha descubierto que puede cumplir uno de sus deseos, y no sabe por dónde empezar. Para colmo de males, el extraño que está invadiendo su ciudad, lleva dos días sin seguir en su empeño. Parece ser que ya se ha cansado de ella. O tal vez A está más sensible y susceptible de lo normal, y tiende a exagerar sin darse cuenta.
La lluvia es, sin embargo, lo que más la desconcierta. ¿Por qué de repente llueve? ¿Tiene algo que ver con la persona que debería estar esperándola afuera? ¿Se ha llevado la luz y el calor consigo? Precisamente él, que tanto le insiste en que el sol acaba siempre saliendo por algún lado.
Mientras espera a que algo nuevo ocurra, A mira hacia el exterior de su palacio a través de las paredes de cristal, y no puede evitar sorprenderse por el reflejo que le devuelven: aunque ella piensa que está llevando el nerviosismo serenamente, como tan bien sabe hacer, a la A de afuera le resbalan gruesas gotas por el rostro. No tiene claro si las causa la lluvia, o si proceden del interior de la A exterior. Pero es que, en este último caso, eso significaría que la A de dentro le está mandando, sin desearlo, esa lluvia a la A de afuera.
De repente, otra piedra del muro vuelve a caer, y el sol vuelve a transformar el gris de su ciudad en un brillante arco iris. Cuánto tiempo sin saber lo que son los altibajos. Pero está contenta de que no sean más que eso, y de que la lluvia no quiera quedarse para siempre en ella.