Thursday, 7 August 2008

La Calle de las Almas en Pena

Asomada al ventanal que daba a la destartalada calle peatonal por la que sí circulaban los vehículos, me dedicaba a observar el movimiento de los variopintos personajes que poblaban aquel enjambre de personas que habían ido a parar al mismo lugar que yo. El negro de expresión tímida que se había plantado a mi lado en el portal mientras yo buscaba la llave seguía deambulando por allí cerca, en busca, tal vez, de alguien que le diera un poco de amor, aunque fuese ficticio.
Un poco más allá, cerca de la esquina donde empezaba el adoquinado, frente al parque de bomberos, otro grupo de negros se reunía para bailar y beber al ritmo de la música que salía de sus casas, aprovechando que era viernes de madrugada. Dos sudamericanos pasaban bajo mi ventana en aquel momento; uno de ellos le relataba al otro una historia truculenta con una mujer en un tono de la más exultante desesperación.
Al otro lado de la calle, un vándalo se dedicaba a derribar los contenedores de basura, mientras un borracho giraba la esquina haciendo eses, confundido de repente, pues probablemente veía repetido al desaliñado mendigo que, en su cabizbajo caminar, se acababa de topar con él.
El negro que me había rondado como una abeja a un panal volvió a aparecer en escena. Parecía perdido y solo. Suspiré. Era la segunda noche consecutiva que me confundían con una puta. L ya me había dicho que no me preocupara por mi imagen, que no es que yo tuviera pinta de furcia, sino que probablemente, teniendo en cuenta lo que ofrecían las que de verdad ofertaban sus servicios una calle más arriba, aquellos dos individuos se habían hecho ilusiones de encontrar a una que no tuviera pinta o de ser demasiado mayor, o una yonqui en el peor de los casos, sin pasar por todos los estados intermedios entre un punto y otro.