Saturday, 22 August 2009

La tristeza lleva una b

Esta historia que os voy a relatar, es la de una chica que, por alguna inextricable razón, tenía miedo al aburrimiento, a la costumbre y a la alienación. Aunque todo esto, ella no lo sabía. Tampoco era una persona complicada, sólo lo bastante inteligente como para no detenerse a reflexionar las cosas dos veces, tanto antes como después de hacerlas, o de que fortuitamente ocurrieran.



Su vida había sido convulsa. Demasiado. Con la perspectiva del tiempo, a veces pensaba que no sabía cómo había podido sobrevivir a tanto altibajo. Entonces se daba cuenta de que empezaba a darle vueltas al tema, y lo dejaba estar poniendo su mente en algo intelectualmente satisfactorio.


Altibajos. Esa era la palabra. Tal vez, sin querer, había adoptado ese patrón como modo de vida después de que dejaran de suceder fuera del alcance de su voluntad. Y si algo sabía de ellos, y podría decirse que sabía mucho, era que la tristeza que provocaban nunca duraba demasiado porque, al fin y al cabo, todo el mundo tenía millones de razones para olvidar todo lo malo, y, casi sin darse cuenta, dejarlo atrás. De hecho, su conclusión (inconsciente, por supuesto), era que la felicidad duraba tanto como para aburrirla. Aun así, ella no buscaba la desgracia, sino un cambio, un cambio que la hiciese sentirse cómoda con la felicidad para siempre.


Y ahora cualquiera podría pensar: esto significa que no era feliz. Pero ese es un juicio demasiado apresurado, porque claro que lo era. Todo el mundo es tan feliz como cree serlo, y, efectivamente, ella lo creía firmemente. Demasiado, a pesar de sus circunstancias. Había algo en su felicidad que la hacía rebelarse, pues también se daba cuenta de que todo el mundo tenía millones de razones para olvidar todo lo bueno, y, casi sin darse cuenta, ser incapaz de seguir adelante; y en realidad, ¿qué razones tenía ella para no ser infeliz?

Las únicas personas que podían llegar a comprenderla a ella y a sus raras conclusiones, eran aquellas escasas personas dotadas con la virtud de leer sonrisas. Y por supuesto, ella tenía una de esas que todo el mundo catalogaba como preciosa y cálida. Pero como ya he dicho, no todos sabían leer sonrisas, y en el mundo de Rebeca (la llamaremos así), eso era muy importante.

Una vez, durante uno de esos altibajos provocados por fuerzas que escapaban a su control, alguien le preguntó: “¿Cómo consigues mantener la sonrisa a pesar de esa mirada tan triste?”. Rebeca no supo qué contestar, pues nunca había sido consciente de que su cara expresaba tal contradicción para quienes no sabían leer sonrisas. A partir de entonces intentó hacer algo para que su mirada no la delatara, así que cuando sonreía, entornaba mucho los ojos, tanto, que cuando sonreía, momentáneamente se parecía a las chinas que trabajaban en el restaurante de la esquina de su casa, pero también parecía la persona más feliz del mundo. Al cabo de los años, se había acostumbrado a sonreír así, y no le salía hacerlo de otra manera. Todo el mundo, y con todo el mundo me refiero exactamente a eso, pensaba que Rebeca era la felicidad andante.

Si el lector ha estado atento y recuerda el principio de la historia, cuando explicaba la forma de ser de la protagonista, será capaz de adivinar qué sucedió a continuación con tanta felicidad que provocaba alrededor su sonrisa. ¡Exacto! Se cansó. Harta de que su alegría se hubiera convertido en conformismo, pues habían aparecido millones de razones para que su sonrisa se curvara hacia abajo, y no lo hacía porque ya no sabía cómo, Rebeca dio uno de los primeros pasos importantes de su vida, y se fue a recorrer el mundo ella sola en busca de algún lector de sonrisas que supiera leer en la suya.

Y aquí es donde llegamos, meses después, a la abarrotada estación de tren de una enorme ciudad de un país muy lejano al suyo, donde Rebeca, sentada en un banco de madera junto a la pared, contemplaba extasiada a una banda de jazz, que se esforzaba en hacerse oír por encima de la muchedumbre, con la esperanza de que alguna de aquellas almas fuera tan caritativa como para echarles unas monedas. Mientras escuchaba, ella intentaba decidir si se quedaría un día más en aquella ciudad, o si cogería el próximo tren hacia no sabía dónde.

Un buen rato después, la banda terminó de tocar y los músicos empezaron a recoger sus instrumentos. Tal vez la falta de acordes que adornaran los sonidos de aquella estación, fue lo que la hizo ponerse en pie y dirigirse a la taquilla, destino que nunca alcanzó, pues, por el camino, alguien le dijo suavemente al oído: “tu sonrisa me está tocando un blues”.

Para no faltar a su costumbre, Rebeca no supo qué responder, y se limitó a sonreír al músico que hacía un rato tocaba el saxo con el resto de su banda de jazz. Éste, sin más dilación, volvió a desenfundar su instrumento, y empezó a tocar. Era la melodía más triste y más hermosa que Rebeca hubiera escuchado nunca. De pronto pensó que estaba muriendo, pues toda su vida empezó a desfilar ante sus ojos. Este blues contenía escenas olvidadas, discusiones, gritos, muertes, distancias, desilusiones y desengaños. Todo eso, tan fácil de interpretar por un hábil lector de sonrisas. Y se dio cuenta de que se había escondido demasiado.

Muchas horas después, se volvió a levantar del banco de madera donde se había dejado caer de nuevo tras irse los músicos, y con mucha determinación, se dirigió a la taquilla.

“¿A dónde se dirige, señorita?”, le preguntó el taquillero amablemente.

“A casa”. Quería volver y mostrar a todos qué había pasado dentro de ella todos aquellos años sin que nadie fuera capaz de verlo remotamente. Y después seguir conociendo a gente que leyera en ella, y a gente que necesitara ser leída. Ida y vuelta, por favor.

Seguiría sonriendo, ¿por qué no? Pero a partir de aquel momento, si era necesario, lo haría con mucho blues…

6 comments:

  1. Ojalá siga encontrando gente que sepa leer en esa sonrisa, porque todos necesitamos a veces que alguien lo haga (todos nos escondemos a veces detrás de ella).

    Encantado de verte, de verdad.

    Muchos besos con música de fondo.

    ReplyDelete
  2. Que bueno volver a leerte, si no te gustan las despedidas di un hasta luego xD no hay problema jeje

    un abrazo

    ReplyDelete
  3. Muy buen relato...la verdad es que me encanta leer sonrisas; te quieres creer que por tu culpa estoy, desde ahora mismo, leyendo "Tu sonrisa interminable"

    ;-)

    Saludos sonrientes.

    ReplyDelete
  4. -JuanMa, sí es fácil esconderse tras una sonrisa, ¡es comodísimo! Así nadie hace nunca preguntas incómodas.

    -Dilema qué majo!! jaja el problema es que cuando me voy lo hago sin intenciones realmente... es sólo que paso épocas de absorbimiento doméstico (odiosas, x cierto), y eso no me inspira realmente. Un día le escribiré una oda a la escoba o algo xDD

    -Yole que me sonrojas!!! ¿Y qué lees en ella? (ya que te pones, yo pregunto :p)

    Gracias a los tres! Besooooos

    ReplyDelete
  5. Vaya...me alegra encontrar blogs como este, llenos de cosas nuevas, y con gusto.
    Me ha encantado.

    ReplyDelete
  6. J., me alegro. Siempre me gusta darle la bienvenida a mi casa a un nuevo visitante :)
    Espero que sigas pasando por aquí.

    Saludoooooos

    ReplyDelete