Déjame dormir

Todo empezó un domingo en el que toda la familia se reunió para comer. A la niña le encantaban esos domingos porque el campo donde pasaba los veranos se llenaba de gente que no vivía con ella, como lo hacían su papá, su mamá y su hermana mayor.





Aquel día, y para variar, se sentó entre su padre y su hermana, aunque ella hubiera preferido sentarse al ladito de su abuelo, como acostumbraba, porque él solía sacar a la mesa un montón de cosas ricas que, extrañamente, no le gustaban a nadie más que a ellos dos y que, por tanto, su abuelo compartía sólo con ella. Esto último, por cierto, lo hacía a espaldas de su mamá, que opinaba que el abuelo no cuidaba lo que comía y dejaba que los alimentos se pasaran de fecha en la nevera, lo cual hacía que cogieran colores rarísimos. A ella, por ejemplo, el queso verde le gustaba especialmente. Su madre, cuando veía aquel queso, arrugaba la nariz y decía que el abuelo tenía un estómago de hierro para mezclar eso con chorizo naranja ya endurecido por dejarlo al aire libre, y con cebollas de las que se ponían moradas, al parecer por el efecto del vinagre. La primera vez que la niña escuchó esta frase, entendió que era mentira lo que decía su abuelo sobre el vientre plano y duro que tenía asociándolo al deporte que hacía, ¡resulta que era porque debajo tenía hierro! Por eso se alegró muchísimo el día que, cerrando muy fuerte los ojos por si acaso, ella misma probó la mezcla, y no le sentó mal. Sonriendo, comprendió que ella y su abuelo eran de una especie de humanos distintos a los demás. Su madre podía estar tranquila, ni el queso demasiado verde, ni la arena del montón de detrás de la casa, iban a hacerla vomitar.


Pero aquel domingo se tuvo que conformar sin queso verde, sin chorizo naranja y sin cebollas moradas, porque por alguna extraña razón, la cambiaron de sitio en la mesa. Su hermana terminaba el tercer vaso de coca cola cuando, en un tono que a la niña le sonó a broma, su padre dijo, dirigiéndose al abuelo:



-Mire a ver, dígale algo a su hija, que el otro día me dejó durmiendo en la calle. Y mire que llamé veces a la puerta, ¡pues no me abrió nadie! Menos mal que tenemos las tumbonas en el porche, si no, a saber cómo habría dormido.



La niña, preocupada porque su padre hubiera pasado toda la noche solo fuera de la casa, miró con reproche a su madre,que se sentaba a la izquierda de su hermana, y que en aquel momento respondía:



-¡Eso te pasa por llegar a horas extrañas! ¡Si al menos llevaras la llave!



¿Qué significaban horas extrañas? La pequeña no lo entendió, pero miró a su padre, sentado a su derecha, y le dio pena pensar que le habían dejado solo y rodeado de oscuridad, amenazado por todos los monstruos que salían a pasear por la noche, mientras llamaba desesperadamente a la puerta, que finalmente ni su madre, ni su hermana, ni ella, le abrieron hasta por la mañana.


Días después, o tal vez semanas, la niña descubrió sin querer el significado de aquel misterioso “horas extrañas”. El reloj de la cocina rondaba ya muy cerca de la medianoche, y ella seguía sin oír el rugido de la moto de su padre. Su madre no la dejaba salir a pasear con la bici porque ya habían apagado las luces de la parte de atrás, y la mandó a la cama, aunque a ella le daba igual estar cansada, ¡no tenía sueño!


Durante varias horas estuvo dando vueltas en la cama, poniendo muchísima atención a cualquier ruido, no fuera a ser que su padre se volviera a quedar en el porche. Ella sólo quería abrirle la puerta. Se debió quedar dormida mientras tanto, pues soñó que todos los personajes de sus comics preferidos atracaban un banco, y después llegaba el hombre misterioso de nariz puntiaguda que salía en los videos de inglés de Muzzy, y la asustaba. Despertó de repente con ganas de vomitar, pero se aguantó diciéndose a sí misma que las personas con estómago de hierro no podían hacerlo, o perderían ese poder.


Decidió levantarse e irse a dormir con su madre, que estaría sola en la cama, pero se quedó con la boca abierta cuando, al abrir la puerta del cuarto grande y decir: “mami, me encuentro mal y no tengo sueño”, una voz arrastrada de hombre, parecida a la de su padre, pero que no podía serlo porque sonaba a maldad, dijo:


-Ya ha estado tu padre dándole de comer guarradas, ¿a que sí?


-De eso nada, mi padre no ha venido hoy en todo el día. -Respondió una vocecita asustada que sólo podía ser la de su madre.


-Bueno, no te levantes que yo voy.


Acto seguido, una figura muy oscura y muy grande se levantó de la cama de sus padres y se acercó a ella, que no podía terminar de cerrar la boca de puro asombro. A la luz del pasillo, comprobó que se trataba de su papá, que tal vez se había tragado un bicho yendo en la moto, se le había quedado atravesado en la garganta, y por eso no podía hablar bien.


Ya de vuelta en la cama, su padre le pasó torpemente la mano por el pelo, mientras le decía:


-Anda, que me quedo aquí hasta que te duermas.



Como la pequeña no sabía cuánto tardaría en dormirse, pero sí sabía que sería poco y que podía hacerlo sola ya que estaba más tranquila, se relajó, cerró los ojos, y a los pocos minutos fingió que dormía. Al rato oyó cómo su papá se levantaba y volvía a su propia cama. Entonces se quedó dormida.

Comentarios

  1. A veces damos bastante miedo...

    Me encanta verte :)

    Un beso.

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  2. muchas gracias por pasar !!
    saludos desde Chile
    besitos :)

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  3. Los niños siempre ven las cosas con otros ojos. Y pasan los años e inevitablemente se convierten en esos personajes temibles que somos los adultos. Afortunadamente, algunos recuperan algo esa "inocencia" y la combinan con sabiduría al llegar a ancianos.

    Me gustó mucho el cuento. =)

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  4. parece que heidi se hace mayor. dichosos los ojos! saluditos

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  5. Cuanto tiempo sin pasarme, me alegro de ver que sigues actualizando!
    Un beso

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  6. lo realmente bueno es que lo cuentas como si fueras una niña, Me encanta, Gracias

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  7. Que lindo es conocer tu blog, me quedo por aquí, enlazo al mio tu blog para poder leerte con mas frecuencia..

    Un abrazo
    Saludos Fraternos...

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